LA ESPERANZA, EL GRAN DESAFIO PARA EL MUNDO HOY

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LA ESPERANZA, EL GRAN DESAFIO PARA EL MUNDO HOY

El amor, la única certeza

Estos días, próximos a iniciar la cuaresma y en el marco del Jubileo 2025, es un tiempo propicio para cantar nuestra gratitud al Señor pues “su misericordia es eterna”. “Levanta del polvo al indigente y de la inmundicia al pobre para que se siente entre los príncipes de su pueblo”» (1ª Sam 2,8). «No hemos sido escogidos a causa de nuestros méritos, sino sólo por su misericordia. “Te he amado con un amor eterno, dice el Señor”. Esta es nuestra seguridad. Este es nuestro orgullo: la conciencia de ser llamados y escogidos por amor».

Pecadores y prostitutas, antepasados de Jesús

A veces nos ponemos a considerar que somos o muy buenos o muy malos, y queremos entender o explicar y nosotros afrontar el complejo problema pecado y de la Gracia. En una catequesis, el Cardenal Van Thuân explicó que «Si consideramos los nombre de los reyes presentes en el libro de la genealogía de Jesús, podemos constatar que sólo dos de ellos fueron fieles a Dios: Ezequiel y Jeroboam. Los demás fueron idólatras, inmorales, asesinos… En David, el rey más famoso de los antepasados del Mesías, se entrecruzaba santidad y pecado: confiesa con amargas lágrimas en los salmos sus pecados de adulterio y de homicidio, especialmente en el Salmo 50, que hoy es una oración penitencial repetida por la Liturgia de la Iglesia. Las mujeres que Mateo nombra al inicio del Evangelio, como madres que transmiten la vida y la bendición de Dios en su seno, también suscitan conmoción. Todas se encontraban en una situación irregular: Tamar es una pecadora, Rajab una prostituta, Rut una extranjera, de la cuarta mujer no se atreve a decir ni siquiera el nombre. Sólo dice que había sido “mujer de Urías”, se trata de Betsabé».

El pecado exalta la misericordia de Dios

«Y sin embargo –añadió el Cardenal Van Thuân — el río de la historia, lleno de pecados y crímenes, se convierte en manantial de agua limpia en la medida en que nos acercamos a la plenitud de los tiempos: en María, la Madre, y en Jesús, el Mesías, todas las generaciones son rescatadas. Esta lista de nombres de pecadores y pecadoras que Mateo pone de manifiesto en la genealogía de Jesús no nos escandaliza. Exalta el misterio de la misericordia de Dios.

También, en el Nuevo Testamento, Jesús escogió a Pedro, que lo renegó, y a Pablo, que lo persiguió. Y, sin embargo, son las columnas de la Iglesia.

Cuando un pueblo escribe su historia oficial, habla de sus victorias, de sus héroes, de su grandeza. Es estupendo constatar que un pueblo, en su historia oficial, no esconde los pecados de sus antepasados», como sucede con el pueblo escogido.

La esperanza hoy

La conciencia de la fragilidad del hombre y sobre todo del amor de Dios constituyen las grandes garantías de la esperanza. Todo el Antiguo Testamento está orientado a la esperanza: Dios viene a restaurar su Reino, Dios viene a restablecer la Alianza, Dios viene para construir un nuevo pueblo, para construir una nueva Jerusalén, para edificar un nuevo templo, para recrear el mundo. Con la encarnación, llegó este Reino. Pero Jesús nos dice que este Reino crece lentamente, a escondidas, como el grano de mostaza… Entre la plenitud y el final de los tiempos, la Iglesia está en camino como pueblo de la Esperanza».

La esperanza es una de las tres virtudes teologales junto con la fe y la caridad. Sin embargo, en el contexto contemporáneo, la esperanza enfrenta desafíos que la sitúan como un elemento central y, a la vez, complicado de mantener y vivir.

Según el Catecismo de la Iglesia Católica, “la esperanza es la virtud teologal por la cual aspiramos al Reino de los Cielos y a la vida eterna como nuestra felicidad” (CIC 1817). San Pablo, en su carta a los Romanos, nos recuerda que “la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado” (Romanos 5:5). Esta definición subraya la relación directa entre la esperanza y la promesa de Dios de la vida eterna.

En la actualidad, vivimos en una era marcada por el avance tecnológico, el desarrollo económico y la globalización. No obstante, estos avances también han traído consigo una serie de retos que ponen a prueba la esperanza.

Crisis globales: La pandemia de COVID-19 ha generado incertidumbre y temor en muchas personas. El teólogo Johann Baptist Metz, en su obra “La fe en la historia y en la sociedad”, menciona que la esperanza debe confrontar la realidad del sufrimiento y la muerte, pero sin perder su capacidad transformadora.

Desigualdad social: La brecha económica y social sigue creciendo. El Papa Francisco, en su encíclica “Fratelli tutti”, afirma que “la esperanza es audaz, sabe mirar más allá de la comodidad personal, de las pequeñas seguridades y compensaciones que estrechan el horizonte” (FT 55).

Degradación ambiental: El deterioro del medio ambiente es otra fuente de preocupación. El Papa Francisco en “Laudato Si’” nos llama a una esperanza activa, que incluya acciones concretas para cuidar nuestra casa común.

La esperanza cristiana no es una mera espera pasiva. Santo Tomás de Aquino nos enseña que la esperanza es una virtud que impulsa a la acción: “La esperanza responde al deseo de felicidad que Dios ha puesto en el corazón de cada hombre; asume las esperanzas que inspiran las actividades de los hombres” (CEC 1818). En este sentido, la esperanza se convierte en un motor para la transformación personal y social.

Compromiso con el prójimo: La esperanza se traduce en un compromiso activo con la caridad y la justicia. El Cardenal Joseph Ratzinger (Benedicto XVI), en su libro “Jesús de Nazaret”, nos invita a vivir la esperanza desde la verdad del Evangelio, enfrentando el mal con el bien y promoviendo la dignidad humana.

Vida sacramental: La Eucaristía, como fuente y cumbre de la vida cristiana, alimenta nuestra esperanza. San Juan Pablo II, en su encíclica “Ecclesia de Eucharistia”, subraya que “la Eucaristía es un manantial de esperanza para el mundo” (EcE 57).

Hoy día, la esperanza es quizá el desafío más grande. Charles Péguy decía: “La fe que más me gusta es la esperanza”. Sí, porque, en la esperanza, la fe que obra a través de la caridad abre caminos nuevos en el corazón de los hombres, tiende a la realización del nuevo mundo, de la civilización del amor, que no es otra cosa que llevar al mundo la vida divina de la Trinidad, en su manera de ser y obrar, tal y como se ha manifestado en Cristo y transmitido en el Evangelio.

Esta es nuestra vocación. Hoy, al igual que en los tiempos del Antiguo y del Nuevo Testamento, actúa en los pobres de espíritu, en los humildes, en los pecadores que se convierten a él con todo el corazón.

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